Soy técnico, no vendo nada

A Coruña. Seis de la tarde. Paseo de los Cantones. A la altura de una conocida fundación, frente al edificio donde nació un banco que en su día fue importante. Luego absorbido por otro más grande. Y luego por otro, cuya presidenta dicen que prohibió a otro presidente pactar con Podemos. Un partido político que también nació en la calle, dicen, como el banco de antes. Vaya dos patas pa un banco, valga la redundancia.

Pues eso. Que iba yo paseando cuando reparé en un singular trio a las doce. No tengo claro qué me llamó la atención. O quizá sí. El caso es que me quedé clavado.

Tres tipos en paralelo, dos bajitos y jóvenes a los flancos, babeando. Uno alto y mayor en el centro, peinaba melena canosa e incipiente cartón. Quizá en inicio me atrajo el curioso skyline. Pero pronto me fijé en las miradas reverenciales, de fuera adentro, y me sobrevino una morbosa curiosidad sobre qué las motivaba.

Quién sería aquella imponente águila plateada que tanta atención merecía. Y cuál sería su campo de acción en el que tanto destacaba. Esto fue lo que me hizo afinar el oído cuando nos cruzamos y, esto lo negaré ante cualquier juez, me obligó a dar media vuelta con disimulo, más bien simulando un no sé qué, para seguir su irritante conversación.

Primera frase que escuché:

—Yo soy técnico, no vendo nada —concluyó.

Ni siquiera formaba parte de un razonamiento conclusivo. Era como una frase estrella. Como un gran corolario. Una especie de sentencia de sabio.

—Tú lo que eres es tonto —le dije al pasar—. Y además una lacra social, un mal ejemplo, una especie a erradicar. Un irresponsable de verbo fácil. Un tipo de cuna que tuvo la suerte de nacer en buen momento y lugar. Un engreído que ha tenido la desgracia de no haber sufrido más que por su acelerada alopecia.  

Qué a gusto me habría quedado. En realidad no se lo dije pero con ganas me quedé. Porque esta frase, aparentemente inofensiva, es de lo más dañino que he escuchado nunca. Créeme, soy ingeniero de formación y la he sufrido cientos de veces. Muchos de mis compañeros están muertos y enterrados por esta ortogonal concepción de la vida —aunque más que vida debiera decir mercado, pero soliviantaría al sabio de los Cantones y sus secuaces.

Lo más triste y peligroso es que este vendeburras tendrá un séquito de seguidores que divulgarán sus técnicos principios a los cuatro vientos, a todo aquel vago redomado que quiera escuchar y basar su carrera profesional en un socorrido soy muy bueno, ya vendrán a buscarme a casa.

Pues no. No eres ni medio bueno cuando en lo único que piensas es en ti, y no en aquel que te va a comprar, alguien llamado cliente. Y no, no eres ni medio bueno cuando no te enteras de que la calidad no importa una mierda, lo único que importa es la percepción de calidad. Y para eso has de vender, has de venderte. De hecho te estás vendiendo, te estás malvendiendo, y con el pedazo argumento que te he escuchado hay algo que me ha quedado muy, muy, muy claro. Que tu ego es más largo que tu melena, que nunca me tendrás en cuenta como cliente y que yo nunca compraría a un técnico como tú.

He dicho.

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