El guardián entre el centeno

«Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella».

El Guardián entre el centeno | El Emprendedor Primerizo

«Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso».

Holden Caulfield. El guardián entre el centeno. 16 años. Suficientes para haber coqueteado con el sexo y el alcohol, y para perfilar una morbosa obsesión por ellos. Comienza así el relato de una semana en su corta y soporífera vida a punto de ser expulsado de otro colegio.

Inadaptado, incomprendido, decepcionado, frustrado. De pelea en pelea. De colegio en colegio. Buscando su lugar. El mundo conspira contra Holden, y Holden solo atisba belleza y felicidad cuando habla de sus hermanos. Uno de ellos muerto.

El guardián entre el centeno, escrito por el estadounidense J.D. Salinger en 1951, es un libro mítico. Controvertido por hablar sin tapujos en un singular coloquialismo de sexo y borracheras adolescentes. Pero también, como reconoce Iñako Díaz-Guerra en un artículo titulado ¿Por qué ‘El guardián entre el centeno’ es el libro preferido de tanta gente?, por la precisa descripción de una ansiedad juvenil que sorprende a los veinte y mejor no probar a los treinta.

La verdad es que el gilipollas de Caulfield resulta divertido, a veces. Otras se comporta como un verdadero estúpido, y otras, cuando está en vena, puede resultar hasta inspirador y eso.

Enseñanzas del Sr. Antolini sobre insatisfacción, búsqueda, creatividad y trabajo

El antepenúltimo capítulo del libro es memorable. Después de ser expulsado de Pencey, Holden vaga por un Nueva York oscuro. No puede volver a casa y enfrentarse a sus padres así que se aloja en un hotel donde el ascensorista le ofrece los servicios de una prostituta por 5 dólares. Luego se arrepiente y decide pagar sin ejercer. Pero la prostituta le pide el doble y él, tan recto como harto y desencantado, se niega. Acaba recibiendo, nuevamente, y siendo robado. Antes le habían roto la nariz de un puñetazo, se había emborrachado, se habían reído de él, había bailado con una chica atolondrada y le habían rechazado.

Abandona el hotel y decide llamar al Sr. Antolini. Un antiguo profesor amigo de su padre. El único con el que había conectado. Este lo invita a dormir a su casa, en la que acababa de celebrar una fiesta con amigos cuyos efectos eran todavía visibles. Sin soltar el vaso de whisky, el Sr. Antolini entona un discurso para enmarcar, y leer, y leer, y leer, y leer… a cualquier adolescente, y no adolescente, que ose dudar de su posición en la sociedad.

Y de esto va este artículo. Del discurso del Sr. Antolini a un inmaduro adolescente.

«[…] Tengo la sensación de que avanzas hacia una caída realmente terrible. Pero, sinceramente, no sé de qué tipo. […] Esta caída a la que creo que te diriges es de un tipo muy especial, terrible. Al que cae no se le permite ni oír ni sentir que ha llegado al fondo. Sólo sigue cayendo y cayendo. Es el tipo de caída destinada a los hombres que en algún momento de su vida buscaron en su entorno algo que éste no podía proporcionarles. O que creyeron que su entorno no podía proporcionárselo. Así que dejaron de buscar. Abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siguiera. ¿Me sigues?».

El Sr. Antolini iba creciendo entre copa y copa. Su mujer, la Sr. Antolini, una ricachona «sesenta años mayor que él», les había dejado solos, y Holden iba encogiendo y bostezando en el sofá. Esto no sonrojaba al profesor, que seguía envalentonado, en parte por el alcohol, en parte por la obligación moral que sentía.

«Se acercó a un escritorio que había al otro lado de la habitación y, sin sentarse, escribió algo en un papel. Luego volvió y se sentó a mi lado con el papel en la mano […]. Curiosamente, esto no lo escribió un poeta que ejerciera como tal. Lo escribió un psicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que.. ¿Me sigues? […] Esto es lo que dijo: ‘Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella’».

Ya desatado, Antolini empezó a hablarle de su actitud ante los maestros y su posición frente al conocimiento. «[…] No eres el primero a quien la conducta humana ha confundido, asustado, y hasta asqueado. Te alegrará y te estimulará saber que no estás solo en este sentido. Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú ahora. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si tienes algo que ofrecer. Se trata de un hermoso acuerdo de reciprocidad. No se trata de educación. Es historia. Es poesía».

Y termino. Tanto yo como Salinger y el Sr. Antolini. Después de esto podrás leer El guardián entre el centeno y sacar tus conclusiones, para los negocios y para la vida.

«Con esto no quiero decir —dijo— que sólo los hombres cultos, los estudiosos, puedan hacer una aportación valiosa al mundo. No es así. Lo que sí afirmo es que si esos hombres cultos, los estudiosos, son además brillantes y creativos, lo que desgraciadamente se da en muy pocos casos, dejan tras de sí un testimonio mucho más valioso que aquellos que son solamente brillantes y creativos. Tienden a expresarse con mayor claridad y, generalmente, a llevar con pasión su pensamiento hasta las últimas consecuencias. Y, lo que es más importante, nueve de cada diez veces son más humildes que el hombre no cultivado. ¿Me sigues?».

¿Me sigues?

Imagen cortesía de Shutterstock.

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